Hair Spray

Capítulo final

Capítulo 1   Capitulo 2       Capítulo 3

Nina, Alex y Marta recopilaron todo el dinero que habían ido ahorrando de sus pagas y se fueron al supermercado a conseguir laca.

-¿Compramos esta? Es la más barata – comentó Nina eligiendo un bote de un estante

-Esa no, es muy mala y se pone pegajosa. Es la que mi madre me obliga a comprar cuando le dan sus arrebatos de austeridad- respondió Alex- Mejor cogemos esta otra.

-Vale, tú sabes de esto más que yo- accedió Nina con un encogimiento de hombros.

Dispuestos a frenar la invasión alienígena, le dieron todo su dinero a la cajera, quien les observaba con aire divertido y salieron de allí cargados de botes de laca de alta calidad.

En la peluquería, Melissa- en su forma tentacular- estaba discutiendo de nuevo  con Arkg.

-¡No te mereces este puesto! Voy a informar de que estás poniendo en peligro la misión y te destituirán en el acto.

-¡Ja! ¿Te crees que te van a hacer caso, Melissa? – contestó Arkg en un tono deliberadamente ofensivo – Te recuerdo que eres tú quien ya lleva varias sanciones por dar falsas alarmas. Tu histerismo solamente te perjudica a tí, así que vete a husmear a otro lado y déjame trabajar en paz.

-¡Me voy a recoger el sótano! Pero esto no va quedar así. Ya veremos quién sale ganando cuando descubran desde el mando central que te estás encariñando con estos asquerosos humanos ¿Cuánto hace que no cambias a tu forma original? Ese cuerpo nuevo tuyo te está volviendo loco-  finalizó Melissa mientras abandonaba el salón dando un portazo.

-El caso es que tiene razón, cada día me gusta más este planeta. Algunos humanos inconscientes se lo están cargando, pero estoy convencida de que acabarán reaccionando antes de que sea demasiado tarde. No como nuestra especie, que vamos destrozando mundo tras mundo y sólo dejamos atrás tristes y humeantes carcasas -murmuraba Arkg mientras recogía  los enseres de la peluquería.

Mientras tanto, la pandilla estaba decidiendo si entrar en la peluquería por la puerta principal o por el sótano. Alex había tenido la idea de colocarse varios botes de laca alrededor de la cintura sujetos por su cinturón, al estilo de los cowboys del oeste. Decía que así podía acceder a ellos más rápidamente. Nina, en cambio, había optado por utilizar su carcaj para flechas sujeto por una cinta a su espalda. Marta, simplemente, llevaba todos los botes restantes dentro de su bandolera.

Agazapados en un portal cercano vieron cómo  Melissa abandonaba el local y  dejaba abierta la puerta del sótano. Cinthia estaría sola. Era el momento de entrar y acorralarla.

Los viejos cachivaches que ocupaban el sótano en la anterior visita habían desaparecido y el suelo aparecía impecablemente limpio. Ni siquiera quedaba una mísera tela de araña. El grupito avanzó despacio y con cautela hacía la puerta que daba acceso al salón principal. Pero en el momento en el que iban a subir la escalera oyeron un ruido en la puerta del sótano,

Con aquel espacio vacío de trastos no había ningún rincón donde esconderse y, por lo tanto,  no les quedaba más remedio que enfrentarse a Melissa, que era quien estaba en la puerta.

-¡Ah, por fin! Sabía que caeríais en la trampa de la puerta abierta, no tenéis escapatoria- se enfrentó a ellos mientras sus brazos comenzaban a transformarse en tentáculos pegajosos.

-Rápido, hay que aprovechar que está cambiando para atacarle- susurró Nina- Alex, por la derecha, Marta por la izquierda. A la cuenta de tres le echamos la laca encima. Uno, dos y… ¡Tres!

Seis chorros de pegajosa laca convergieron sobre el rostro aún humano de Melissa, quien inmediatamente comenzó a gritar de dolor. Al acercar los tentáculos a su rostro, éstos comenzaron a humear y un olor nauseabundo envolvió el sótano. Los aullidos continuaban subiendo de volumen mientras el cuerpo se convulsionaba y entraba en un torbellino de cambios en el que ya no se distinguía una forma definida, tan pronto se distinguían rasgos humanos como emergían los tentáculos . Al poco rato, todo se volvió silencio, y de Melissa solamente quedaba una especie de charco verdoso burbujeante.

-¡Puagh, qué asco!- exclamó Alex haciendo un gesto de repugnancia.

-Pues ya sabemos por qué no utilizaban laca- respondió Marta, quien ni siquiera se había despeinado con todo aquel jaleo.

-Venga, visto que funciona, vamos a por Cinthia- incitó  Nina al resto.

-¡Melissa! ¿Qué son esos ruidos? – Se  oyó gritar a Cinthia que bajaba por las escaleras en ese momento – Eh.. ¿Qué hacéis vosotros aquí? ¿Dónde está Melissa?- Preguntó amenazante dirigiéndose a Nina

-Se ha convertido en ese charco repugnante de ahí, es lo que sucede cuando alguien intenta conquistar nuestro mundo. Prepárate a morir tu también, asqueroso alienígena- respondió Nina mientras le apuntaba con un bote de laca

-No, no, espera. Yo ya no quiero arrasar este planeta. De verdad que cada día me gustáis más. Además Melissa era una estúpida, no entendía lo bien que se puede llegar a vivir aquí.

-¿Pretendes que te creamos?- contestó Marta acercándose con un bote de laca en cada mano

-Nina, escúchame por favor. Tú me conoces desde hace más tiempo ¿Cuándo te he tratado mal? Créeme, por favor – continuó suplicando.- Me encanta vivir aquí y utilizar este maravilloso cuerpo.

-No puedo arriesgarme, Cinthia ¿Cómo sé que no me estás mintiendo y que en cuanto nos descuidemos no llamarás a toda tu gente para que acaben con nosotros? Vamos, aprovecha y di tus últimas palabras.

-¡No! ¡Espera! Se me ocurre una forma de convencerte. Puedo enviar el código de desastre total. Es una alarma que indica que todo aquí está perdido. Eso hará que la flota que orbita el planeta salga a la búsqueda de una nueva galaxia que devastar.

-¡No me lo creo!- intervino Alex- Seguro que es una trampa.

-¡Qué no! Mirad, os lo demostraré, sólo tengo que apretar este botón de mi pulsera y todas las bases-peluquería de este planeta explotarán.

-¡No hagas eso! Si es cierto moriremos aquí dentro- gritó Marta alarmada

-No, este sótano está diseñado para  protegerlo de la explosión. Tapaos los oídos- finalizó Cinthia mientras presionaba el interruptor.

El eco de la explosión sacudió el sótano, pero, como había vaticinado Cinthia, permanecieron a salvo en su interior. Cuando salieron a la superficie, de la peluquería solo restaban escombros y una nube de humo acre que les hizo toser.

-¿Veis? Esto ha pasado en todo el planeta y seguro que la flota ya está a cien años luz de aquí. Por fin puedo disfrutar de mi estancia en vuestro mundo. Ummh, ahora que lo pienso… Nina ¿Tú crees que tu madre me dará trabajo? -preguntó girándose hacia la interpelada.

Varios meses después Cinthia se había convertido en la entrenadora personal de Marcela y los gobiernos mundiales iban encontrado un lento y sinuoso camino hacia la paz.

FIN

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Capítulo 3

Capítulo 1    Capítulo 2

Varios días después Nina aún no había encontrado el momento de hablar con su madre. Además, Marcela no se caracterizaba por su accesibilidad y casi todas las conversaciones acababan en reproches por la actitud, la apariencia y las amistades de su hija.

Nina no entendía esa animadversión hacia su pandilla, ya que era lo más parecido a una familia que tendría nunca. Alex tenía un corazón enorme a juego con su cuerpo de atleta afroamericano.  Cierto que últimamente cada vez que aparecía por su casa rompía algo, pero eso se debía a que acababa de pegar un estirón y aún no era del todo consciente de dónde tenía sus extremidades ¿Y Marta? Era la persona más inteligente que había conocido nunca, el cerebro de la pandilla. Su belleza rivalizaba con su inteligencia, pero no soportaba que la juzgaran solamente por su físico. Eso exasperaba a Marcela, que no entendía por qué una joven tan hermosa vestía de una manera tan andrógina.

Con estos pensamientos en la cabeza, Nina decidió que necesitaría pruebas sólidas si quería convencer a su madre de algo tan extraño como unos alienígenas intentando conquistar el planeta. Aún más si encima esos extraterrestres basaban su estrategia en algo tan rebuscado como utilizar su influencia de estilistas sobre las élites mundiales ¡Y en su propia peluquería!

Mientras Nina pensaba cómo hablar con su madre, en la peluquería  Melissa realizaba sus propias investigaciones. El encontronazo que había sufrido en el sótano  la había dejado con el convencimiento de que habían sido descubiertas y de que la misión estaba en peligro. Como experta en seguridad del destacamento  había solicitado refuerzos al mando central, pero Cinthia había revocado esa orden informando de que no eran necesarios.

-¡Maldito Capitán Arkg! El mando de esta expedición debería ser mío. Es un pusilánime que no sabe cuando utilizar mano dura. A estas alturas ya deberíamos tener a toda la ONU en nuestro poder, y aquí estamos, tratándolos con guante de seda. Descubrir a los espías es mi oportunidad de desautorizarle y quedarme con su puesto. Umhh… y también podría quedarme con su cuerpo de humana ¿Por qué no? Es mucho mejor que el mío…- monologaba Melissa  en voz alta mientras investigaba el sótano buscando algún indicio que le permitiera averiguar la identidad de los espías

-¡Melissa! ¿Estás ahí? – Se oyó la voz de Cinthia- Es hora de abrir la peluquería y aún no la has limpiado. Haz el favor de subir inmediatamente.

-Está bien, ya voy, Capitán.

-Te he dicho mil veces que no me llames así. Aquí soy Cinthia o jefa. Si no tienes cuidado alguien podría descubrirnos- replicó Arkg mientras Melissa subía las escaleras refunfuñando para sus adentros.

-Esta Melissa… Menos mal que he podido abortar a tiempo el envío de refuerzos. Necesito más tiempo para reflexionar. Estoy empezando a pensar que  a lo mejor no deberíamos conquistar este planeta, la humanidad cada día me cae mejor. Y este cuerpo es una maravilla, mucho mejor que todos esos tentáculos babosos que tengo que arrastrar desde que nací en esa nebulosa asquerosa- murmuraba Cinthia mientras cerraba la puerta del sótano.

Entretanto, Alex, Nina y Marta habían esbozado un nuevo plan de acción que consistía en acudir de nuevo a la peluquería del barrio de  Alex a ver si encontraban alguna diferencia con la de Cinthia y eso les daba alguna idea.

Las variedades de peinados que se hacían en ese salón de belleza tenían fascinada a Nina. Nunca había visto nada parecido en los establecimientos a los que acudía con su madre. Conceptos nuevos como extensiones, alisados y balayage  se agolpaban en su mente junto con la visión de los instrumentos más extraños: tenacillas que parecían instrumentos de tortura, pulverizadores, atomizadores, peines de las formas más diversas. Casi todo aquello se estaba utilizando sobre la cabeza de Alex en ese mismo momento, incluido algo que olía fatal.

-Alex ¿Qué es eso que te están poniendo?

-Solamente es algo de laca, cariño, para que no se desperdigue ese precioso pelo que tiene tu amigo- contestó la enorme y agradable peluquera.

-Qué curioso, mi estilista nunca ha utilizado algo así – contestó Nina  y, en ese momento, algo hizo explosión dentro de su cabeza. Efectivamente, nunca jamás había visto a Cinthia utilizar algo parecido a la laca.

Más tarde, y de nuevo merendando guacamole en la cocina de la mansión de Nina, ésta hizo partícipe a Marta y Alex de sus pensamientos sobre la laca.

-De verdad que nunca les he visto usarlo.

-Quizá  la mezcla de polímeros y alcohol de la que está compuesta les afecte de alguna manera. Habría que averiguarlo- comento Marta

-Pues ya está, volvamos a ese sótano cargados de botes de laca y descubrámoslo – finalizó Alex la conversación.

Capítulo 4

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Capítulo 2

Capítulo 1

Nina se levantó la mañana siguiente con una idea clara, averiguar  lo que estaba pasando en las peluquerías. Para ello debía concebir un buen plan y eso no era posible sin la colaboración de su pandilla. Así que decidió que esa misma tarde se juntarían para merendar en su casa. Los planes siempre salen mejor si se forjan con el estómago lleno.

A su madre no le hizo mucha gracia la invitación pero, como casi siempre, se vio vencida por la insistencia de Nina. Incluso permitió que Lucía, la cocinera, una mejicana chiquitita, cocinara sus deliciosas enchiladas de las que nunca se cansaban.

Una vez  instalado el grupo  alrededor de la mesa de la cocina Nina les comenzó a contar la visita que había hecho el día anterior a las peluqueras rubias.

-…Y os juro que se quedaron blancas, se echaban unas miradas la una a la otra de lo más sospechoso.

-Pero ¿Estás segura de eso? A lo mejor sólo estaban sorprendidas – respondió Max con la boca repleta de guacamole.

-Que sí, que sí. Tenemos que pensar por dónde  empezamos. Habría que investigar la peluquería- insistió Nina

-¡Eso, eso! – intervino Marta – nos presentamos allí mismo y se lo preguntamos a la cara.

-¿Cómo vamos a hacer eso? Habría que entrar allí cuando no haya nadie. -dijo Max

-¡Claro! ¡Eso es! Esta noche nos plantamos allí a fisgonear- decidió Nina- Os quiero a ambos a las doce en punto  en la esquina de la peluquería con el cine. Traed ropa oscura.

Nina había elegido ese lugar porque en anteriores visitas había observado que en el lateral del callejón existía una entrada directa a los sótanos. De la cerradura se encargó Max   y, en poco rato, ya estaban tanteando los laterales del oscuro corredor al que se accedia por esa ruta.

-Mucha preparación para el vestuario pero a nadie se nos ha ocurrido traer linternas- refunfuñó Marta

-Shh…  no hables tan alto – pidió Nina- Mira, al fondo se ve claridad, vamos hacia allí.  Con cuidado no vayáis a tropezar.

Efectivamente al fondo se vislumbraba una luz, aún muy tenue, pero que se iba haciendo más intensa a medida que avanzaban. No había duda de que era el sótano de la peluquería,en la penumbra se podían vislumbrar  secadores de pie apoyados en las paredes, viejas butacas llenas de polvo e incluso en un rincón se distinguía uno de aquellos viejos postes cilíndricos a rayas rojas, blancas y azules.

La luz provenía de una puerta entreabierta por la que pudieron asomarse a mirar. Lo que allí vieron les dejó estupefactos. Se trataba de una pequeña habitación cuadrada sin ventanas  que estaba  repleta de monitores, micrófonos y altavoces. Pero las dimensiones y las formas de los aparatos  tenían algo de incongruente que mareaba al mirarlas fijamente. Aquello parecía un estudio de grabación diseñado por Dalí.

En el centro de la estancia se distinguía claramente  la espalda de un ocupante. La primera impresión de Nina fue que se trataba de Cinthia, ya que vestía la habitual bata negra de la peluquera y lucía una larga melena rubia. Pero la criatura era mucho mas baja y  bastante más ancha, y además no se movía con la  gracilidad característica de su estilista. Parecía que estuviera bailando ya que realizaba lentos y complejos movimientos con sus extremidades a la par que canturreaba en voz baja.

En uno de esos balanceos su cuerpo giró hacia ellos de tal forma que pudieron ver su cara. Era Cinthia, no cabía duda, ese rostro perfecto era inconfundible. Pero el resto del cuerpo… Sus esbeltas piernas se habían transformado en unos tentáculos que  finalizaban en una docena de ventosas sobre las cuales se deslizaba por el suelo produciendo un desagradable sonido  de succión. Del centro del enorme torso surgían otro par de cortos tentáculos acabados en una especie de boquillas de donde provenía el canturreo que habían oído desde el pasillo del sótano. Del lugar donde deberían estar los hombros nacían unos filamentos muy finos entrelazados entre sí  que en su extremo se endurecían  formando una garra de aspecto amenazador.

-Por Dios, Nina ¿Qué es eso? – la voz de Max sonaba aterrada- ¡Vámonos de aquí!

-Shh Max, no seas cobardica. Escucha, creo que si nos concentramos y permanecemos en silencio no nos verá y  podremos entender algo de lo que está diciendo. Es nuestra oportunidad de saber qué pasa aquí.

Aguzando el oído, Nina pudo discernir lo que parecía una conversación entre el ente y una voz que provenía de los aparatos de las paredes.

-Aquí el capitán infiltrado Arkg contactando desde la peluquería central.

-Se le escucha alto y claro, Capitán. Informe.

-Hoy hemos cumplido el objetivo ZXHY-24, hemos persuadido a la comisionada Marcela Asaro para que exponga su veto al nuevo proyecto de paz de la ONU.

-Perfecto, Capitán. Si siguen en esta línea pronto podremos conquistar este planeta de necios humanos que sólo saben luchar entre ellos. Continúen así. Nuestro plan de influenciar a los líderes mundiales mediante sus estilistas está dando sus frutos. Mira que llegan a ser tontos, en cuanto les halagas un poco se dejan convencer de lo que sea.

-Pues si, mi General, esto está resultando mucho más fácil de lo que esperábamos.

-Bien, Capitán. Recuerde que la próxima comunicación debe ser establecida en 72 horas sin falta. Buen trabajo.

Al comprender lo que implicaba esta conversación  Nina dio un respingo: estaban hablando de su madre. Tenía que ir a avisarle inmediatamente.

-Vamos, hay que salir de aquí- urgió Nina al resto del grupo- vamos, rápido.

Al enfilar el corredor hacia la salida se sobresaltaron al descubrir  una figura que se perfilaba contra la puerta de entrada. Tenía el mismo aspecto que Arkg, con la única diferencia de que ésta lucía la cabellera de Melissa.

-¡Cuidado! No puede descubrirnos aquí ¿Se os ocurre otra manera de salir? – dijo Marta

-Tengo una idea. Max, tú deslízate hasta ese poste de ahí y empújalo al suelo de manera que haga el mayor ruido posible.  Marta y yo aprovecharemos cuando se acerque a investigar para ponerle la zancadilla y así podremos escabullirnos hacia la puerta.

El plan funcionó a la perfección y consiguieron salir al exterior,  aunque mientras corrían aún  podían oír a Melissa gritando:

-¡Os he visto, que sepáis que os he visto y os voy a perseguir hasta que acabe con vosotros! Daos por acabados.

-Uf ¡Qué poco ha faltado! – exclamó Max aliviado cuando al fin recuperaron el aliento unas calles más allá- ¿Qué narices son esos seres? Son repugnantes.

-Y que lo digas, que asco- contestó Marta

-Pues aunque parezca increíble está claro que parece una especie de comando alienígena que quiere dominar la tierra.   Tenemos que  avisar cuanto antes a mi madre, aunque no nos va a hacer ni caso – dijo Nina apesadumbrada.

Capítulo 3 

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Capítulo 1

El aeropuerto de Pekín era inmenso aunque sorprendentemente silencioso, pensaba Nina mientras caminaba hacia el coche. Todos los viajes acompañando a su madre comenzaban igual: viaje en clase VIP en el avión, recibimiento por parte de los dignatarios de turno en el aeropuerto y traslado en comitiva dentro de grandes coches negros con las lunas  tintadas. En esos momentos ella era la única nota discordante, una adolescente morena de gesto adusto y vestida al estilo grunge  entre una masa de personajes serios e importantes ataviados con trajes oscuros y elegantes. Luego llegarían al hotel y ella tendría que aguantar a una nueva niñera, alguien asignado por protocolo para cuidarla y protegerla mientras su madre acudía a las conferencias. No se podía permitir que la hija de una alta dignataria de las Naciones Unidas anduviera sola por ahí.

Al principio de realizar estos viajes  mantenía conversaciones con su madre respecto a los temas a tratar en estos encuentros, pero pronto se dio cuenta de que a ella no le importaban la opiniones de su hija, y que el  único objetivo de su compañía era no dejarla sola en Nueva York. Esa era la razón de que estos viajes hubieran empezado nada más producirse el divorcio de sus padres.

Una vez acomodadas en el hotel y cuando su madre ya había partido a sus actividades programadas, Nina preguntó a su acompañante si podía acudir a una peluquería porque necesitaba repasar su corte de pelo. Desde hacía unos meses había adoptado un peinado que consistía en llevarlo rapado por un lateral, largo por el otro y recortado en la nuca. Mantener ese estilo requería frecuentes visitas a una estilista y, por supuesto, aún más discusiones con su madre. Este era el primer viaje que realizaba desde ese cambio de aspecto y no sabía si en Pekín podrían arreglárselo tan bien como lo hacía Cinthia, su peluquera habitual.

El establecimiento era sorprendentemente parecido al de Nueva York. Incluso la encargada se parecía a Cinthia; el mismo pelo rubio, la misma nariz, hasta la misma mirada. Ese parecido le hizo tanta gracia que decidió wasapear a Max, su mejor amigo de Nueva York y a menudo cómplice de sus aventuras, para contárselo. También  hizo fotos para poder compararlas con él cuando volviera a casa.

El periplo de su madre incluía varios destinos. De modo que a lo largo de las siguientes semanas Nina se paseó por peluquerías de países muy dispares. En Bangkok la atendió un muchacho tan parecido a Cinthia que parecía su hermano mellizo. En Nueva Delhi una india muy amable con un hermoso pelo rubio le recortó el rebelde mechón de la frente de la misma manera en que lo hacía Melissa, la ayudante de Cinthia. En cada sitio Nina se sorprendía aún más por la similitud entre todo el gremio de estilistas y recopilaba fotos e información sobre ellas.

Cuando por fin el viaje llegó a su término, Nina se había hecho con un extenso reportaje fotográfico de salones de belleza de embajadas, centros de convenciones internacionales y demás establecimientos diplomáticos.

Una vez en casa y en cuanto pudo escaparse de la supervisión de su madre corrió a ver a Max. Tenía muchas ganas de contarle su descabellada historia de las peluqueras. Sabía que él, al contrario que su progenitora, la escucharía atentamente.

Cuando estaba acabando de enseñarle las fotos a Max apareció Marta, la otra inseparable de su pandilla. Venía enfadadísima porque su madre la había obligado ir de compras con ella y no había podido llegar a tiempo al relato de Nina.

-¡Pero qué  pesada que es mi madre! ¿Y las dependientas? Siempre igual, que si que mona que soy, que si que bien me queda este vestido o este pañuelo o este top… Hartita me tienen, en esos sitios solo aprecian a la gente guapa aunque sean unos idiotas engreídos. Menos mal que os tengo a vosotros para cambiar de aires, que si no…

-Ja, ja, ja, Marta. Siempre que vas de compras con tu madre vuelves igual. Bueno, mira estas fotos, a ver si a ti también te resulta tan chocante como a mí que todas estas peluqueras de países distintos se parezcan tanto- contestó Nina

-Pues sí que es un poco raro, sí. Pero vamos, tampoco parece nada del otro mundo, una simple coincidencia- dijo Marta

-¿Tú crees? Pues a mí me lleva inquietando unos días, es una sensación extraña que no sé explicaros. Umhh, Max… ¿Tú no tenías que ir a arreglarte las trencitas? Podemos acompañarte y de paso vemos cómo es tu peluquera, a ver si  se parece o no a estas otras.

Efectivamente, Max, un muchachote afroamericano aficionado al baloncesto, tenía algo abandonadas las trenzas con las que arreglaba su cabeza, así que la pandilla partió a realizar investigaciones a la peluquería de la barriada.

Allí se dieron cuenta de que aquello no tenía nada que ver con las imágenes recogidas por Nina. Carla, la peluquera, era una negra inmensa con manos enormes al lado de la cual Max, pese a su metro noventa, parecía un niño.

Nina estaba encantada, aquello corroboraba su idea, no era normal que  las peluqueras se asemejaran tanto unas a otras. Marta y Max comenzaban a estar de acuerdo con ella, pero no sabían muy bien cómo seguir estudiando ese fenómeno.

Un par de días después  Nina fue a ver a Cinthia porque necesitaba retocar de nuevo su peinado. Allí ésta le preguntó por su viaje y, sin saber muy bien por qué lo hacía, se encontró enseñándole las fotos del viaje. Cinthia, muy nerviosa de repente, llamó a Melissa y le enseñó las imágenes. En ese momento una corriente de tensión se estableció entre ellas y Nina supo que era por su causa. Algo estaba pasando y ella iba a averiguar lo que era.

Capítulo 2

Tarde de partido

domingo de Deporte

 

“Valiente aburrimiento de partido”, pensaba Pablo mientras veía pase de balón tras pase de balón desde la tribuna del estadio.

-Pues menos mal que es el encuentro del siglo- le comentó a Felipe que estaba a su lado con expresión ausente- Felipe ¿Me estás oyendo?

El sopor producido por el aburrido juego había transportado a  Felipe a su niñez, a aquellos partidillos en el descampado, el olor del polvo levantado por multitud de piececillos descalzos, el sueño de llegar a ser una estrella como estos jugadores aburridos ¡Eh! Algo pasaba en el campo. Habían marcado un gol con una espectacular chilena.

-¡Goool!- Gritó de repente poniéndose en pie.

-Pero… ¿Tú estás tonto o qué?- le reprendió Pablo- ¿No ves que el gol nos lo han metido a nosotros?

 

Oscuridad

noche

       Los aullidos de la jauría resonaban en  las tinieblas sobre el corazón desbocado de Marieta. Sus pies descalzos hollaban la hierba húmeda dejando tras de si un rastro inconfundible para los afilados sentidos  de los perros. A través de la bruma se perfilaba un edificio de ventanas opacas, oscuras como una noche sin luna. La niña, ya casi sin aliento, tropezó con una raíz y no pudo evitar  ser alcanzada por los jadeantes animales que se arremolinaron sobre ella con las fauces abiertas… En ese momento se encendió una luz y procedente de una ventana se escuchó una voz de hombre ronca y profunda gritando:

“¡Marieta! ¿Cuántas veces te he dicho que no hagas correr a los caniches por la noche? Se excitan y luego no pueden dormir. Y encima descalza ¡Entra en casa ahora mismo!”

El billete de 50

Billete

Ahí estaba yo, preparado para limpiarle la caja al chinorris de la esquina.  Me había dicho el Charly que a esas horas la peña no va a comprar y que era el mejor momento de liarse la manta a la cabeza. Dicho y hecho: entré por la puerta con la pipa en la mano y  la sirla de mi abuelo en el bolsillo.

-¡Venga,  pasmao, dame toda la guita! – Le  dije al chaval de la caja apuntándole con mi mano temblorosa

-No entiendo. Si quieres bolitas para pistola, en el pasillo del fondo.

“Joder” -pensé- “Pues éste se ha coscao de que la pipa es de pega. Tendré que usar el pincho”

Así que quitándome la manta de la cabeza, que hacía mucho calor,  busqué la faca en mis pantalones. Pero la cagué con el bolsillo y saqué un billete de cincuenta púas. Para disimular le pedí cambio al chino quien no sé por qué me miraba mosqueado. Lo mismo era por la manta. Mientras él buscaba en la caja pillé la navaja, una de esas rojas con una cruz dibujada y un montón de cositas. Con ella abierta en la mano me dio sin rechistar los cuarenta pavos que había y salí disparado.  Fuera del súper entendí sus risitas: me había dejado dentro el billete de cincuenta.